Una joyería vendía por Instagram y WhatsApp. Cada pieza se apartaba por mensaje, los precios se repetían veinte veces al día y nadie sabía con certeza qué quedaba en vitrina. La mitad de las clientas escribían en inglés porque viven del otro lado.
Hicimos una tienda en línea que se lee igual de bien en el celular que en la computadora, con el mismo aire de una boutique: fondo crema, cobre y una fotografía grande de la pieza. Arriba hay un botón ES/EN que cambia todo el sitio —textos, moneda y hasta los días de las gráficas del panel— sin recargar la página. La clienta elige su pieza, la talla si aplica, decide si la quiere a domicilio o recogerla en la boutique, y termina con un folio y un botón de WhatsApp con el pedido ya escrito.
Agregamos una galería donde las propias clientas aparecen luciendo su joya. Ellas mandan la foto por WhatsApp, la joyería la sube desde el panel y queda "por aprobar" hasta que le da publicar, porque el permiso de la persona es lo primero. Cada foto lleva la pieza que trae puesta, así que quien la ve puede tocarla e irse directo a comprarla.
El panel es el corazón del sistema. Al entrar se ve cuánto se vendió hoy, la gráfica de la semana contra la anterior, el reparto por categoría y cuántos pedidos hay en cada etapa. Los pedidos se mueven de pendiente a entregado con un toque y la clienta recibe el avance en su teléfono. Además hay inventario con aviso de poca existencia, cupones, moderación de reseñas, reportes descargables, usuarios con roles distintos —la dueña ve importes, el taller solo ve qué armar— y un serial de licencia amarrado al dominio.
Todo corre en PHP 8 con MySQL, sin Composer ni servicios de paga: las notificaciones push van con llaves propias generadas en la instalación, y el sistema se sube a cualquier hosting compartido con un instalador de cuatro pasos que se bloquea solo al terminar.